De chiquita no me gustaba para nada el tomate, y fue así por mucho tiempo. Me molestaba la textura y que le salgan tantos líquidos. No entendía cómo cortarlo y me hacia ruido el temita de las semillas. Por mucho tiempo mi respuesta a la aparición del tomate en mi plato fue la misma: No.
Fue así por varios años, pero hace poco me cansé de hacer tramoyas para sacarlo de mi comida, y de a poco lo empecé a probar. Hoy con gran orgullo, puedo decir que: me gusta el tomate!! Hasta hay veces que estoy tentada de una tostadita con palta y tomate. Además, me enseñaron a condimentarlo y me queda bastante rico. También descubrí el tomate con burrata y listo, a partir de ahí todo fue muy genial. podríamos decir que el tomate y yo seremos amigos de por vida.
Quién hubiera dicho que el tomate, además de ser una gran verdura, me iba a enseñar a entender sobre otra cosa: EL ENOJO.
Durante años hice un esfuerzo enorme para evitarlo. Lo disfrazaba de cansancio, de tristeza, de frustración, de ansiedad. Cualquier cosa antes que admitir que estaba hasta las pelotas del enojo. Lo miraba como una emoción peligrosa, algo muy grande para que alguien tan poco preparado como yo, lo gestionara bien.
Como con el tomate, me harté de hacer mil chinos para no sentirlo y lo dejé entrar a mi plato para descubrir algo inesperado: el enojo no era para nada lo que yo creía que era. Estaba segura de que enojarse era violencia, o perder el control, o que lo único en lo que te convertía es en una versión peor de una misma, pero ahora me parece que no.
Si el enojo no era tan terrible como pensaba… de dónde había salido esa idea?

Nos criaron esperando rescates:
Este verano en Italia me hice una gran amiga: Aurora, una chica de 21 años con una vida completamente diferente a la mía. En una de esas conversaciones me preguntó si conocía “Il Mondo Di Patti”. Cuando lo googleó para mostrarme: hablaba de PATITO FEO!! Ahí descubrí que las italianas también crecieron con series como Patito Feo, Erreway y Floricienta.
Qué loco descubrir que alguien que creció a miles de kilómetros compartía tantas referencias conmigo. Y qué loco pensar en todas las historias que absorbemos sin darnos cuenta y que terminan convirtiéndose en la forma en la que entendemos el mundo.
Si crecimos con cuentos de hadas, ¿qué nos dice eso de las herramientas que tenemos para gestionar nuestras emociones?
Ni en pedo digo que los cuentos son los responsables de todos nuestros problemas emocionales, tampoco voy a culpar a Laura Esquivel por mis decisiones de adulta. Pero sí me parece interesante observar qué nos enseñaban.
Las protagonistas rara vez resolvían los conflictos por sí mismas sino más bien esperaban: un príncipe, un hada, una señal, una carta, un like si sos una princesa gen z.
Esperaban que algo externo cambiara la historia. Y cuando lo pienso, hay algo de eso que todavía sigue vivo porque, aunque sabemos que esas historias son fantasías, muchas veces seguimos esperando. Esperando el mensaje. La oportunidad. La validación. La persona correcta. El visto bueno de un otro, o el momento perfecto.
Los cuentos no nos enseñaban a actuar, nos enseñaban a esperar. Y si hay algo que el enojo NO hace es esperar.
El enojo es incómodo justamente porque interrumpe la pasividad. Te obliga a reconocer que algo no está funcionando, te obliga a moverte. Julia Cameron dijo que el enojo no es una acción en sí, es una invitación (bastante molesta) a que tomes acción.
El enojo como salida del cuento
Me voy a poner gede hablando de moda pero te prometo que tengo un punto, vos confiá y seguí leyendo (y de paso te llevas info interesante)
Rei Kawakubo es una diseñadora japonesa que al día de hoy sigue dirigiendo la creatividad de Comme Des Garçons. En los años ochenta presentó una colección que generó rechazo inmediato. Mucha gente la consideró insultante; hoy es vista como revolucionaria.
No voy a hablar de sus diseños porque, nos metemos en un tema profundo. Lo que me interesa de Rei es la pregunta que parece atravesar todo su trabajo:

¿QUIEN.DIJO?
Quién dijo que una prenda tiene que ser linda, o que tiene que favorecer el cuerpo? ¿Quién dijo que tiene que verse terminada? ¿Quién dijo que existe una única forma correcta de hacer las cosas?
Cada vez que alguien decía «así no se hace», ella respondía «¿y quién dijo?».
Y de repente… empecé a hacerme la misma pregunta sobre el enojo.
¿Quién dijo que es una emoción negativa? ¿Quién dijo que expresar enojo es histeria? ¿Quién dijo que gestionar “””bien””” una emoción significa esconderla? ¿Quién dijo que sentir enojo es necesariamente un problema a erradicar?
Durante años asumí que todas esas reglas eran verdades pero cada día el mundo demuestra que eran simplemente historias. Historias heredadas e historias repetidas que ni siquiera son nuestras.
Hay historias tan familiares que dejaron de parecer historias para convertirse en reglas.
Las historias y los cuentos me enseñaron que la solución llegaba desde afuera, pero el enojo vino y me enseñó que muchas veces la solución empieza cuando una deja de esperar.
Obviamente no estoy hablando de todo tipo de enojos. Hay pérdidas, injusticias y violencias para las que los consejos o moralejas se quedan muy cortos. No creo que el enojo exista para resolverlas por completo ni para volverlas más llevaderas, pero sí nos enseña a respetar el sentimiento que aparece cuando hay un límite que se pisó.
A veces no viene a empujarnos a hacer algo inmediatamente, a veces viene a recordarnos que algo no debería haber pasado. Probablemente esa sea la diferencia más importante: basta de callarlo, corregirlo o esconderlo. Vamos a escucharlo, entenderlo y usarlo, aunque todavía ni idea cómo.
Y comieron tomates con burrata por siempre…
No te quiero mentir, soy una persona baaastante propensa a pensar que -de verdad de verdad- me va a aparecer un hada madrina o algo RE loco para ayudarme.
Pero mientras espero, le digo al enojo que sí y lo dejo ayudarme a mover la historia.
v-