Por Jimo Soriano
Lo primero que tienen que saber de mí antes de leer esta nota es que soy fanática de Olivia Rodrigo. Seguramente soy la adulta más adulta que es fanática de Olivia, y no me importa. Comparto con ella un lenguaje en común. Mientras escucho su disco recién estrenado You seem pretty sad for a girl so in love, me doy cuenta que entiendo sus códigos, su imaginario, sus referencias, su sensibilidad y su angustia. Por eso no me sorprendió verla en el escenario con un vestido tipo babydoll, prenda que uso desde la adolescencia y atesoro como una coleccionista rigurosa.
Los hechos
Olivia Rodrigo usó un vestido babydoll para cantar en un show en Barcelona y rompió internet. Las críticas llegaron rápido con un argumento que identificaba este modelo de vestido como ¨ropa de nena¨, inapropiado y perturbador. El reclamo es que ese tipo de vestimenta supuestamente evoca una silueta y estilo infantil, usado por niñas pequeñas. Lo que muy pocos mencionan es que esta incomodidad tiene nombre, tiene historia y tiene una mirada muy específica: el male gaze encontró, una vez más, una prenda que no le pertenece y no sabe qué hacer con eso.
¿Es válido el debate sobre la infantilización y sexualización de la imagen de las chicas del pop? Sí.
Sin embargo, me parece más interesante poner en jaque la lógica que nos imponen desde pequeñas: todo lo que te pongas va a ser usado en tu contra.

Historia y resignificación
El baby doll dress tiene una historia propia que siempre estuvo enraizada en la política de género, a la vez que conectada con el mundo de la música desde hace décadas.
La silueta babydoll fue creada originalmente en 1942 en Estados Unidos por Sylvia Pedlar como respuesta a la escasez de telas durante la Segunda Guerra Mundial. En ese momento, no tenía el nombre infame; no fue hasta 1956 cuando la actriz Carol Baker lo usó en su película ¨Baby Doll¨ (donde una ¨esposa-niña¨o child bride duerme en una cuna para evitar a su marido). La creadora original de la prenda se muestra abiertamente disconforme con el nombre con el que se la bautiza, ya que los orígenes de la misma nada tienen que ver con las prendas para bebés o niños.
Cristóbal Balenciaga es la figura clave que transformó el baby doll de una prenda de dormir a una pieza vanguardista de alta costura. Introducido en sus colecciones entre 1957 y 1958, el vestido babydoll supuso una revolución en la moda y dejó huella en la industria, convirtiéndose en ícono de liberación femenina. En una época dominada por el restrictivo New Look de Dior, que ceñía la cintura al máximo, Balenciaga propuso una silueta de corte trapecio que no marcaba la cintura, liberando a la mujer del corset armazones opresivos.
En los años 60´s vuelve a tomar protagonismo. El estilo se fusiona con una estética medieval un poco más cargada que tiene su revival y también se posiciona como parte del estilo mod (corriente estética inspirada en la modernidad, con un punto de vista arquitectónico y abstracto nacido en Londres). Twiggy, Sharon Tate, Brigitte Bardot y Jane Birkin son algunas de las figuras que lo abrazan como estilo propio. (Dato: En su video «drop dead», Rodrigo usó el vestido blaco icónico de la propia Birkin.)
Ya en los años 90 adquirió un significado más subversivo cuando figuras como Courtney Love, Kat Bjelland y Kim Gordon (Sonic Youth) lo resignificaron y convirtieron en un símbolo de rebelión. El contraste entre la crudeza de su música y estilismo roto con la feminidad propuesta por el vestido babydoll se convirtió en una narrativa escénica de la época. Ellas junto con el movimiento Riot Grrrl usan este look en particular para subvertir la infantilización de la mujer. Lo curioso y revelador es que la crítica que hoy recibe Olivia Rodrigo por usarlo, es la misma que la prenda busca desarmar.
Miu Miu
Fundada en 1993 como la hermana menor y más rebelde de Prada, Miu Miu construyó una estética que mezcla ingenuidad (ropa de uniforme, acentos académicos) con autonomía y hemlines provocadores. El babydoll aparece en sus colecciones desde los primeros años: en primavera/verano 2008 ya estaba ahí, en estampados de arlequín y cuellos de encaje, cortísimo y deliberadamente provocador. En 2015 Miuccia Prada lo llamó explícitamente «una armadura contra el conservadurismo». Y en los años siguientes la propuesta se volvió fenómeno cultural: la estética que dominó 2023, 2024 y 2025 gira en torno a prendas del universo femenino combinadas de maneras incorrectas, siempre con la ropa interior a la vista, un recurso que usa desde sus comienzos. En 2026, las siluetas babydoll en textiles delicados se fusionan con los códigos de la mujer trabajadora. Una narrativa atravesada por la perspectiva de género que convierte las prendas más inocentes. como un delantal, en un sistema de símbolos. La reflexión está puesta en el trabajo de las mujeres: su invisibilización, su propósito, sus desafíos.
El imaginario de Miu Miu está protagonizado por una chica que mezcla infancia y adultez sin pedir permiso, representando un carácter que combina sensualidad, intelecto y creatividad. Miuccia Prada hace declaraciones a través de sus colección y logra una expresión tangible de la energía que transmiten las contradicciones naturales y las personalidades provocadoras de las mujeres a la sociedad contemporánea.

Female gaze – male gaze
La mirada masculina tiene una capacidad enorme para moldear la opinión pública, incluso sobre lo que nos ponemos. Pero lo femenino no existe para ser consumido y nuestra ropa, cuando se elige con intención, deja de ser decoración para convertirse en lenguaje. Un lenguaje simbólico que aunque muchas veces es inconsciente, se enriquece cuando es deliberado.
Cuando un hombre dice que el babydoll «parece ropa de nena» y en el mismo movimiento lo encuentra inapropiado en una mujer adulta por su cualidad supuestamente sexy, la carga simbólica se la está poniendo quién lo mira y no quien lo porta. El problema no es la prenda, tampoco es quién la usa: es de quién conecta un outfit que identifica como infantil con una connotación sexual que, por algún motivo, se le hace evidente.
El male gaze opera con categorías claras, lo femenino-seductor o lo femenino-inocente y el babydoll usado con intención propia, descoloca. Las faldas cortas, la ropa interior y las prendas reveladoras (sobre todo en los escenarios) son fáciles de procesar ya que es lo que se espera de las chicas del pop. Que además de saber cantar, tienen que ser lindas, sexys (pero no tanto), bailar como profesionales, y proponer una puesta en escena y estilística a la altura de lo que se espera del género (del género pop y del género femenino, por supuesto).
Lo que el male gaze no puede procesar es una mujer que elige una estética porque le pertenece, porque conecta con lo whimsical de la moda, incluso como una forma de celebrar a otras mujeres. Ese es el caso de Olivia y su infame vestidito babydoll, que se convirtió en una celebración del uso que le dieron muchas otras antes que ella como parte de una narrativa transgresora.
El female gaze no es simplemente la mirada de las mujeres sobre sí mismas. Es la posibilidad de existir en términos propios. La polémica del babydoll, en el fondo, nunca fue sobre un vestido. Fue sobre quién tiene derecho a definir qué significa una prenda y quiénes somos cuando la usamos. Es hora de recuperar ese derecho: habitar las formas (y las prendas!) que hablan de nosotras y construyen nuestro universo. Y de desarmar de una vez esa lógica que nos meten en la cabeza desde chicas: no uses eso porque un hombre va a sexualizar tu cuerpo y va a ser tu culpa.