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Salí de tu casa

Hace una semana que volví a Buenos Aires y siento que todos los días alguien me invita a vivir una vida distinta. Por ejemplo: 

Mi tía sube una historia de una chica posando desnuda en un teatro viejo, le respodí QUÉ era eso, y paso seguido nos invita una clase de dibujo al desnudo, un martes a las ocho de la noche, en un lugar hermoso de Colegiales.

Con Martu, el jueves vamos a ver a una chica haciendo el monólogo de Fleabag y el capítulo piloto en un teatro.

Hace un mes fuimos al boliche de Roberto, y cuando el cantor terminó de cantarse un tango que le salió de lo más profundo del alma, le dije “Sos e!” si. SOS E. Me siguen boludeando al día de hoy, pero es una anécdota que me hace sonreír donde quiera que esté. 

Tres invitaciones distintas, la misma semana. Y ninguna la busqué: aparecieron.

No sé si la ciudad siempre fue así o si simplemente hacía mucho que no la habitaba desde este lugar. Pero Buenos Aires tiene algo muy bueno: está llena de mini invitaciones. Una muestra, una feria, un concierto, una obra de teatro, una librería que nunca conociste, una amiga que te escribe «¿venís?». Hace una semana que volví y todavía no paré de decir que sí.

Y esto no es exclusivamente por que estoy en una ciudad que conozco, con amigos y familia. Ya me pasó antes, en otra ciudad, con otra excusa. 

De accesorio: Un libro 

La primera semana de octubre, en Nueva York, una amiga que se llama Zoe me prestó un libro que se llamaba Bluets, de Maggie Nelson. Lo leí en 7 días y fue la semana más azul de toda mi vida.

El libro habla del color azul. Literalmente. Es un libro altamente honesto, auténtico. Maggie Nelson, a través de su amor por el azul, no se declara una nostálgica, sino una rastreadora de la luz.

Bluets me acompañó durante una semana a todos lados. Fue, casualmente, mi etapa más activa en la ciudad. Iba a cafés, bares, me juntaba con Meggie en Chinatown. Iba de Brooklyn a Manhattan dos o tres veces por día solo por planes. Si no sabía qué ponerme, siempre se me aparecía un Buffalo Exchange en el camino y encontraba joyitas. Un día encontré un vestidito celeste exactamente del mismo color que el libro y me lo compré, solo porque combinaban.

Me llevaba Bluets a todos lados, hasta a las fiestas, porque nunca sabés cuándo te vas a aburrir y necesitar un libro. Además, leer en el subte de Nueva York es completamente cinematográfico, y yo voy a aprovechar CADA oportunidad que me dé la vida para romantizarla.

El sábado de esa semana, me puse ese vestido celeste para salir. Me delineé los ojos de celeste también. Tenía unas botas de cuero, una campera negra, mi cartera y mis lentes. Salí escuchando Lauryn Hill camino al 1 Train desde Harlem hasta SoHo. Me encontraba con Fran en Madeline’s Martini (100% recomendado si están en Nueva York: muy buena música y muy buenos tragos)

A la 1 y media de la mañana decidí volver sola en subte. Un sábado de verano a las dos y media de la mañana en SoHo es como un domingo a la tarde en la línea D. Hay una mezcla muy tranquila de gente; jóvenes que vuelven de salir, gente que vuelve del trabajo, algún que otro personaje raro, pero nada que se sienta inseguro

Yo quería volver leyendo Bluets, combinando con el vestido, escuchando Joni Mitchell. Quería jugar a ser esa versión de mí misma. Esa chica de 24 años corriendo con un libro de un lado al otro.

Esa noche, en el subte, terminé Bluets. Me puse un poco triste porque me estaba divirtiendo muchísimo leerlo. Me hacía pensar tanto que había frases que tenía que releer cuatro veces. 

Hoy, escribiendo esto, entendí por qué hoy le tengo tanto cariño al libro.No es solo por sus contenidos, es por que me acompañó a todos los lugares a los que fui esa semana.

Cada vez que veo la tapa me acuerdo de esa versión de mí que saltaba de subte a Uber, de Uber a un concierto de un amigo nuevo, a comprar un rush ticket, a una librería, al cine, a tomar algo, a ir al cine o a sacar fotos.

Bluets terminó siendo un objeto físico que encapsuló una semana entera de mi vida.

Y no me da nostalgia, me recuerda lo divertido que puede ser el mundo cuando una está disponible para vivirlo.Y eso es exactamente lo que me volvió a pasar esta semana en Buenos Aires.

No hay nada mejor que casa.

YA SE lo que pensás, que soy una vueltera, pero tenemos que hablar de la dicotomía que TODOS sentimos entre salir y no salir. 

Soy profundamente fan de estar en casa. De escribir durante horas, mirar películas, pedir unos Franui después de ducha larga, cocinar. Me parece uno de los mayores placeres de la vida.

También tengo en cuenta muchísimo las etapas. Hay momentos donde elegís dedicarle todo tu foco y energía a un proyecto y eso implica perderte otras cosas, preservarte un poco más. Mi tía una vez me dijo que ganar siempre es perder. Y tiene razón. A veces para construir la vida que queremos hay que sacrificar planes, tiempo con amigos o fines de semana. Pero cuando esa renuncia nace de una elección genuina, pesa distinto.

El problema aparece cuando quedarse en casa deja de ser una elección y empieza a ser un escondite.

Cuando nos convencemos de que vamos a salir «cuando estemos mejor». Cuando sentimos que, hasta que nuestra vida no se parezca a la versión que imaginábamos, es mejor desaparecer un rato.

Y ahí es donde, creo, empezamos a decidir dejar de participar del mundo.

Las decisiones son portales 

Hace un tiempo leí una frase que decía que las decisiones son portales a otras lineas de tiempo y, aunque no sé si creo literalmente en eso, sí creo que cada decisión chiquita nos acerca a una versión distinta de nosotros mismos. Decidir mirar un capítulo más o cocinar algo rico, ir en bondi o en Uber, aceptar esa invitación un martes, entrar solo a una librería, sentarte a leer un libro en una plaza o ir a ver la obra de teatro de una amiga.

Parecen boludeces, pero son esas microdecisiones las que terminan definiendo cómo pasamos nuestro tiempo y, sin darnos cuenta, los recuerdos que construimos.

La autora Julia Cameron, habla la importancia de priorizar el “llenar el pozo creativo”. Dice que para crear no alcanza con producir; primero hay que consumir mundo. Ir a museos, escuchar discos enteros, caminar por barrios nuevos, tener conversaciones, ver obras, probar comidas, aburrirse un poco y sorprenderse otro poco.

Durante mucho tiempo pensé que ese consejo era exclusivamente para artistas, pero ahora creo que es para cualquiera que quiera sentirse un poco más vivo. Porque al final no se trata solamente de inspirarte, se trata de volver a participar.

A veces pensamos que la felicidad aparece cuando cambiamos de ciudad, conseguimos el trabajo soñado o resolvemos todo lo que creemos que está mal. Pero, si quieres tener una actitud más proactiva al respecto, aparece mucho antes.

Un miércoles a las ocho de la noche en una clase de dibujo. En una obra de teatro hecha por una desconocida. En un libro que llevás a todos lados. En una caminata sin destino. En decir que sí una vez más.

Maggie Nelson decía que ella no era una nostálgica, sino una rastreadora de la luz. Creo que eso es exactamente lo que quiero que practiquemos: buscar esos momentos en los que te sentís más viva.

Me parece que, al final, salir de casa nunca fue el punto. El punto es que tomes la decisión de volver a participar del mundo.

 

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