hasta que la suela nos separe
Hace poco me di cuenta que siempre cruzo las piernas al sentarme, es como que tengo la voz de la reina clarisse en mi subconsciente recordandome que -soy una princesa-
Me siento, cruzo las piernas, y después de un rato, cuando me distraigo de lo que está pasando en el mundo real, siempre, pero siempre, pero siempre, miro para abajo. Me quedo mirando mis piernas cruzadas y cómo sobresale el zapato para así entrar en un rabbit hole de pensamientos que decantan en él
Pienso donde estará, el día que nos vimos, lo que tenía puesto, los momentos que pasamos juntos.
Cuando termino de pensar todo lo que podía pensar en él, empiezo con los del resto. Los asocio con la personalidad de quien los lleva. Juego a adivinar quién se los regaló o cómo los consiguieron. Me pregunto si los usan por funcionalidad, por moda, por belleza, para decir algo, para esconder o para acentuar
Wow. Cuánto dicen los zapatos.
Hace un par de semanas observé de cerca la nyfw y además de ver mucho adderall en cada cartera chanel, observé muuuuchos tipos de zapatos y me pasó lo mismo que con -el – pero a escala industrial.

Mientras todos miraban la ropa, yo miraba el piso. Y el piso tenía informacion. Desde hace un rato que los zapatos dejaron de ser solo un complemento para pasar a ser la pieza necesaria para completar la idea de eso que queres decir con todo lo que tenes puesto. No se puede negar que son una pieza integral, necesaria y MUY indispensable.
Sandy Liang mandó pantuflas de conejito a la pasarela. Collina Strada hizo caminar a sus modelos sobre pasto, en Storm King, con zapatos llenos de volados. Y en la calle, el que tenía algo para decir lo decía con los pies: zapatos raros, ruidosos, imposibles. Mientras tanto, las modelos corrían de un show al otro en zapatos que podrían ser descriptos como si las ballerina flats y las tabi tuviesen un hijo rugbier que es secretamente gay
Comunicado oficial:
El otro día escuché un podcast en el que un chico contaba que su maestro de budismo les agradecía a sus zapatos cada vez que volvía a su casa: “gracias, zapatitos, por llevar a mis pies a donde querían ir hoy”. El podcast era sobre gratitud. Esta columna no. Pero me quedé con la imagen de alguien que le habla a sus zapatos como a quien lo acompaña
Así que este es un comunicado oficial.
Por fin, después de muchos años, modelos y opciones, estoy lista para el compromiso. Estoy lista para encontrarlo a ÉL.
Sí.
Estoy lista para salir a buscar a mis nuevos zapatos ride or die. Los que voy a usar por default (salvo que tenga que hacer ejercicio o ir a la playa). Los que van a salir a cada cena, a cada fiesta o por qué no a esa escapadita que uno hace a las 2am a comprar algo para fumar y comer, con un jean todo roto y una remera robada que te queda grandísima pero no importa por que lo que eleva el outfit son ELLOS. Esos zapatos que no van a ser zapatos: van a ser LA EXTENSIÓN DE MI PIEL. SI. ASÍ DE DRAMATICO E IMPORTANTE ES ESTO
Quiero que me saquen a bailar, a comer, a cenar, a viajar. Quiero que pisen mil países conmigo, mil casas. Playas también, ya fue todo.
Y no, no te estoy hablando en joda. No estoy hablando en metáforas. Te estoy diciendo que LITERALMENTE, en serio en serio, quiero unos zapatos así en mi vida.
Ya los tuve. Por eso sé que existen.
Los encontré en un viaje a Uruguay. Los vi y SUPE que eran ellos. De verdad. Me los fui a probar al toque, sin expectativas. Altos, negros, de punta cuadrada; imponían altura, presencia, fortaleza. Ver el precio fue una certeza todavía más grande: rebajados, con el descuento justo. Y sí. Obvio que di el sí.

De ahí en más fuimos compañeros inseparables. Muchas, muchas fiestas. Cumpleaños, recibidas, casas. Los llevé a gazebos en la playa y no me entraba ni un grano de arena. Los llevé a Mar del Plata, a un hotel y a un galpón. Cemento, arena, lo que fuera. Eran re altos y RE cómodos, posta: el calce perfecto, se habían amoldado a mi pie como si lo hubieran estudiado. Horas y horas seguidas, y se la re bancaban. Eran firmes para pisar. Y yo, arriba de ellos, me sentía linda. Alta.
Los amaba.
Tristemente, antes de venirme a Nueva York los tuve que dejar ir. Ya estaban medio (bastante) rotos, en la valija no había lugar, y pensé, con toda la lógica del mundo, que en la ciudad con más zapatos por metro cuadrado iba a encontrar unos mejores.
Hace un año que vivo acá. Todavía no los encontré.
Y eso que HAY. Lugares sobran.
Si soy honesta, las razones son varias, procedo a enumerarlas:
Mis excusas:
La primera: tampoco es que salí a buscarlos. Me colgué con otras cosas: el trabajo, las responsabilidades, la vida. No me armé el tiempo. En el fondo, estoy esperando encontrármelos de la nada: que aparezcan mágicamente en un vintage misterioso en Chinatown, o al que va Sarah Jessica Parker en el East village. Y una parte mía prefiere que sea así: mantener la mística, que tenga algo de peli. Pero por otra parte, estoy de acuerdo con la idea de que, a veces, hay que salir a buscar lo que uno quiere. Estoy parada en esa línea finita entre el realismo y la magia, y sin mis tacos no es fácil mantener el equilibrio, ironicamente.
La segunda: no ahorré. No guardé nada para invertir en unos buenos. Prioricé otras categorías. Se podría decir que cagué a los zapatos con pantalones de oficina y topcitos de jaded london.
La tercera es la más boluda de admitir. Encontré dos o tres que pensé que PODRÍAN LLEGAR A SER. Y por una razón u otra, no fueron. Compré un par muy lindo sabiendo que era un talle más, y me convencí de que no importaba. Cuando me los tuve que sacar a las 3am y caminar en medias por el lower east side, me dí cuenta que claramente ellos no eran.
Otro par tenía un material que no se la bancaba. Otro me dolía al caminar. Y con el último me pasó algo peor: aunque no tenía nada mal, y realmente lo intenté, no me daba emoción usarlo. Me daba casi rechazo. Me lo ponía por obligación, porque había invertido en él, como si le debiera devoción ¿O era culpa?

Así que acá estamos, con un cartel pegado en cada poste desde washington heights hasta ese bar en FiDi que dice:
SE BUSCA.
Buen calce. Versátil, único, que cuando lo veas te de vibes de que si pudiese hablar, tiraría muy buenos chistes.
Imponente. Clásico
Y cuando los encuentre, van a ser mis RIDE OR DIE. Hasta que la muerte nos separe. O hasta que se rompan. O hasta que los pierda en la casa de Michael B. Jordan, con una anécdota tan icónica que haya valido la pena sacrificarlos.
Volveré con una parte 2 el día que los encuentre, stay tuned…
v-