Diseño independiente, Nuevos diseñadores

Oda al olvido: hacer sentir a través de un desfile.

Por Jimo Soriano

¿Cómo se comparte lo subjetivo?

Este es quizás uno de los desafíos más grandes a la hora de plantear una idea, sobre todo cuando nace de una emoción. Con Valentina Schuchner, la creadora detrás de la marca que lleva su nombre, nuestro objetivo siempre es hacer sentir algo, porque somos personas que sienten mucho. Transmitir emociones y sensaciones para que quienes estén sentadas observando vean algo más que ropa hermosa. Invitarlas a ser parte de una experiencia emocional colectiva y compartirles nuestro imaginario. 

Los desfiles son, en cuanto a instrumento de comunicación, una herramienta expositiva, viva y poderosa, que funciona como extensión del indumento. Creamos vestidos, sí, pero también construimos mundos a través de la ropa. Para nosotras el acto de vestir está cargado de símbolos. Creemos que el lenguaje de la indumentaria y todo lo que la rodea también está construido con jeroglíficos emocionales.

Oda al olvido nace, paradójicamente, de un recuerdo. El vestido de novia de la bisabuela de Valentina se convirtió en una pieza clave para el armado de la colección y de la puesta en escena. Esta herencia, guardada con afecto y cuidado, nos llevó a un proceso de investigación profundo e intuitivo.

Como somos vecinas, nuestras reuniones fueron muchas y nos permitimos compartir recuerdos, anécdotas, pensamientos y preguntas. Así surgieron ideas que tuvimos que revisar y editar juntas hasta dar con aquello que nos resonaba más. Lo que más nos costó fue eso: editar, limpiar, elegir. El concepto madre (nunca mejor dicho) estaba clarísimo. Pero en el camino surgieron nuevos cuestionamientos, muchos de ellos relacionados con la construcción del ajuar como ritual femenino, los objetos que coleccionamos y atesoramos las mujeres y el peso, tanto positivo como negativo, de aquello que se hereda.

Las parientes cercanas solían armar el ajuar de la futura novia haciendo aportes, más pequeños a más grandes, para que iniciara su nueva vida provista de todo lo necesario. Estos objetos y textiles transportaban un peso emocional profundo: deseos, dones, experiencias y recuerdos que pasan de generación en generación. A partir de esta búsqueda, nos empezamos a preguntar si todo lo que se hereda es realmente bienvenido y celebrado.

Los mandatos también se heredan.

Esta premisa nos condujo hasta Louise Bourgeois, una artista francesa-estadounidense nacida en 1911 que basó muchas de sus obras en los recuerdos, en lo heredado, en las jaulas que nos aprisionan a las mujeres. Su obra Ode à l’oubli, realizada con telas y prendas tanto propias como familiares conservadas durante décadas, le dio nombre a la colección y al desfile, inspirando no solo los estilismos, sino también la puesta en escena y el concepto general. Aquello que queríamos hacer sentir se nos aparecía cada vez más claro: tomar el acto de coser y coleccionar como ritual de reparación emocional.

Investigamos la obra de Bourgeois, pero también su vida. Leímos sobre ella en libros comprados y prestados, alejándonos de los algoritmos y de Pinterest para meternos de lleno en esta búsqueda más bien sensible. Así descubrimos la vulnerabilidad detrás de su obra, su mirada sobre las artistas mujeres en el mundo, su escritura (siempre en color rojo) y una postura contundente sobre lo femenino: no existe una sola forma de ser mujer y de ser «mujer artista», no hay noción universal que abarque la pluralidad de la experiencia femenina. 

¨Necesito mis recuerdos, son mis documentos¨

Bourgeois es una de las artistas feministas contemporáneas más contundentes e icónicas y su intelecto y sensibilidad proponen otras formas de repensar nuestra identidad. Se convirtió, junto con un vestido de novia heredado y nuestro síndrome de acumuladoras sensoriales, en nuestra musa inspiradora.

Entonces una idea más se abrió paso y se instaló firme en nosotras. El altar personal vs. el altar matrimonial. Aquel espacio sagrado donde las mujeres guardamos una colección de secretos, amuletos y recuerdos. Aquellos objetos que muchas veces no parecen importantes, pero cargan con nuestros anhelos y nuestras penas. Los diarios íntimos y los altares personales nos ayudaron a darle contexto a la idea. Entendimos que queríamos armar una escena teatral pero cotidiana, donde cada mujer que entrara en escena descubriera su lugar en el altar para esperar a que llegaran las demás. Así fue como nuestro desfile se convirtió en el armado en vivo de una foto grupal, donde todas las modelos se iban quedando en escena, hasta llegar al final donde esa grupalidad puede contemplarse como una totalidad en lugar de como una individualidad.

Nos costó darle un cierre a la etapa de investigación, pero se acercaba la fecha y teníamos muchas tareas por delante, entre ellas el armado de la colección, los estilismos, el casting, la dirección de arte y la música. Además, como consecuencia de nuestra búsqueda alrededor de la obra de Bourgeois, quien era conocida por sus libros de obra realizados en tela, propuse hacer el nuestro propio, recopilando y editando el proceso del armado del proyecto.

La dirección de arte y el diseño del set fue de las primeras cosas que resolvimos. La idea del altar personal ya nos sugería varias pistas del camino a seguir, y con la mirada de Andrea Servera (coreógrafa y asesora de la puesta en escena icónica de BAF) de ubicar a las modelos en altura, la idea tomó forma concreta. Pensamos en tarimas de diferentes tamaños y alturas, cubiertas por la textura «monstruito» que ya es un diferencial de la marca. El rosa fue el color elegido: yo quería que se viera como un merengue, pero también que no pudieras identificar exacto qué tipo de textura era. ¡Me encantan los monstruitos de Valentina! De hecho, el vestido pensado y realizado a medida para Sereinne era un monstruito rosa, igual que los altares de la puesta, lo mismo la falda-corazón del look con el que cerramos la obra. Las chicas de The Makers se sumaron a nuestro equipo y facilitaron mucho la construcción y diagramación, además de aportar a la idea de iluminación y sensación general del set.

El diseño de la colección quedó a cargo de Vanesa y Valentina (madre e hija detrás de la marca) junto con nuestra querida Jo Vera, quienes con un equipo de chicas maravillosas desarrollaron cada prenda, textura y detalle con dedicación absoluta. Mi rol fue editar y asegurarme que todo tuviera coherencia, respetando el hilo conductor y también la mirada artística sin dejar de lado la comercial. Sugerí incorporar color: el rojo como símbolo de la intensidad de las emociones y un guiño a nuestra querida Louise, el negro como la profundidad de los pensamientos y la reivindicación del rosa como territorio válido de lo femenino.

Mientras se creaban las prendas, íbamos definiendo quiénes eran las mujeres que queríamos que nos ayudarán a contar la historia vistiéndolas. A medida que se nos ocurrían, las llamábamos para probarles diferentes opciones, muchas veces realizando looks a medida y pensados exclusivamente para ellas. La personalidad, el estilo propio, la historia y trabajo de cada «modelo», sea ésta su profesión o no, nos hizo repensar cada look. Quién lleva el vestido tiene que sentir una conexión y apropiárselo, para que nada sea forzado. Me gusta elegir chicas y mujeres diferentes, que aporten nuevas perspectivas, siempre construyendo personajes alrededor de la experiencia femenina, su emocionalidad y sus tensiones tanto privadas como colectivas. Así fue como, impulsadas por la asociación de ideas, fuimos armando un casting que resonara con el relato y con la marca. Desde diseñadoras junior que cosieron sus propios looks, hasta actrices, bailarinas, fotógrafas de moda, estilistas, creadoras de contenido sensible, amigas personales y amigas de la marca. La frutilla del postre fue sumar a Vanesa, mamá de Valentina y co-dueña de la marca, algo que yo particularmente tenía muchas ganas de que sucediera desde el primer desfile que hicimos juntas. 

Los estilismos fueron surgiendo a medida que la idea iba creciendo, al igual que el casting y la colección. Queríamos alejarnos del imaginario típico de las novias tradicionales. Siempre tengo lo que llamo «caprichitos», ideas para el estilismo que son sutiles y que quizás no siempre toman protagonismo, pero a mí me gusta saber que están. Las mejillas de un rosa intenso que van variando según la intensidad del personaje, un guiño a las flappers de los años veinte en párpados celestes y pelitos con ondas al agua, un cigarrillo rosa, apliques de flores en zapatos y en el pelo (nunca no estoy pensando en Las Vírgenes Suicidas de Sofía Coppola) fueron los caprichitos de esta temporada. Martu Pucheta nos ayudó a diseñar el pelo y el maquillaje, que fue ejecutado con creatividad por equipos increíbles de amigos y amigas.

La idea para joyería y accesorios surgió en colaboración con Linaje. Yo estaba obsesionada con las peinetas y los anillos de compromiso, y las chicas imaginaron unas formas orgánicas, casi acuáticas en plata para sumar en los looks. También usamos las matrices de las joyas, realizadas en plástico reciclado, y éstos fueron mis accesorios favoritos.

Por último, la música, uno de los elementos más importantes de cualquier espectáculo. En cada fitting y en cada reunión escuchamos canciones hasta armar una playlist de favoritas. Me asesoré con amigos que saben mucho y tienen un gusto musical exquisito, recurrimos a canciones con conexión emocional para Valen y Vane (Personal Jesus era un tema que escuchaban en familia), investigamos bandas sonoras de películas y recurrimos a una intro de Britney Spears. Me di el gusto de poner Olivia Rodrigo, The Cure, Miley Cyrus, Bow Wow Wow y M.I.A, siempre con el objetivo de sumar al relato y de hacer sentir. El objetivo era lograr un sonido algo caprichoso, que irrumpiera entre tanta nostalgia, intentando acercarnos al recurso whimsical de Sofía Coppola y la forma que tiene de elegir la música de sus películas, en las que siempre hay elementos que parecen fuera de lugar,  pero funcionan. Las canciones que no entraron en «pasarela» se convirtieron en la playlist de la previa, gracias a la cual se fue preparando el camino mucho antes de la salida a escena.

En el proceso hicimos fotos, videos, diseñamos la tipografía para el título y creamos mi amado libro de obra de artista. Ensayamos, probamos luces, tuvimos que buscar una modelo a último momento, cosimos, mandamos las invitaciones, escribimos la gacetilla, tomamos mucho café y encaramos una infinidad de tareas más que se lograron terminar por trabajar en equipo y con alguien a cargo de la producción (Vicky Anderson, un shout out para vos).

Siempre que termina un desfile me cuesta un poco «bajar». La adrenalina y la energía concentrada en un proyecto que se mueve, que está vivo (algo que no pasa tanto en fotos de campaña, por ejemplo) te mantiene interesada y despierta por más tiempo. Con los días, las emociones se acomodaron y, mientras leía con el gato a upa sin pensar en nada relacionado con moda por primera vez en meses, tuve un pensamiento que quiero compartir:

El libro que estaba leyendo cuenta la historia de una agente literaria y un editor de libros (mi otra profesión es escribir y editar)  y él le dice que ¨un buen editor es alguien que deja de lado su ego por el bien de la obra¨. Durante tantos años en este rubro, muchas veces tuve que lidiar con mi ego (todos tenemos uno, y el mío suele ser bastante indómito) hasta que descubrí que la mejor forma de hacer que las ideas crezcan es compartiéndolas. Estoy muy agradecida por la confianza que depositaron en mí, y feliz de haberme desarrollado como directora creativa en un proyecto tan cercano a mi propio imaginario. Pero lo más emocionante de todo fue trabajar en equipo con mujeres inteligentes y tenaces, donde el trabajo se comparte y se discute en una expresión libre de contribución creativa. Fue una experiencia superadora y clave en mi carrera.

Con un tono confesional e íntimo, en Oda al Olvido intentamos trazar un mapa para vincular el cuerpo con el textil, repensando la identidad femenina: los roles asignados, las celdas que todavía nos aprisionan, la importancia de lo que se guarda. Esa arquitectura emocional tomó forma de altar personal, de archivo memorioso, de colección y de vestido de novia. Los objetos atesorados y aquello que se hereda constituyen un documento de la experiencia femenina a través del tiempo que excede lo individual convirtiéndose en una herramienta de liberación e introspección colectiva. 

Créditos:

Universo @ValentinaSchuchner

Dirección creativa y estilismo @JimoSoriano

Asistente estilismo @eugediazcosentino

Diseño @vanebrites @ladyvalu @JoVera

 

Diseño @Sofia_Cassin @Mora_Bollinger @isabellacesari @rochichimi @gorzio__ @palobrusco_ @azuramirezm @pil4rsciolini @mariapaz.bracken

Producción @vickyanderson

Set Design @themakers.co

Accesorios @linaje.joyeriaba

Fotografía y contenido

@ddelfina.gonzalez

@renatamaccione

@agustingarcia2

@franciscagraf @vickyhernandez @ailujarkoswky

@valeriaruizi @ninabrasca @bydoloresss

@espaciobuenosaires

Diseño gráfico @malemerkier

Dirección creativa de makeup y pelo @martupucheta

Pelo @vardomanagement @jesyhairbaez @leanmorenook @polaamengual @elibresan @rocio_marrodan

Mkp @veromendozamkp

Asesoramiento musical: @bendelboy @alejo_manuel_crespo @eugediazcosentino 

Gracias @bafweek_oficial

 

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Admin.geral

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